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La curiosa memoria de Cristina Piña

 


“Un mundo se ha perdido en el olvido y solo mis palabras lo pueden revivir”, se dice (¡y cómo  se cumple!) en Memoria en La Menor. En efecto, un mundo entero, un clan familiar, un ecosistema de puertas abiertas, bulle animado, coral y multicolor, en el departamento enorme de la infancia, que será, para la voz madura de la narradora, la imagen de su cielo, “si es que el cielo existe”. Es la voz de “la menor”: la hija, la nieta, la sobrina menor, la que se sentirá siempre  disminuida (o incluso excluida) en el afecto de Malú, la madre, (casi) todopoderosa deidad de ese mundo. Pero Micky, la niña que ha crecido y que lo ha perdido, se devuelve y nos devuelve su planeta caleidoscópico en una literatura mayor, desde los más variados tonos y registros. Una inolvidable galería de personajes protagónicos (los padres y la hermana Clarita) y secundarios (los abuelos, las tías, con Fina, modista y lectora, a la cabeza, las amistades, las empleadas), se teje en el vasto y apretado tapiz que entrelaza sus dibujos con hilos textiles y textuales de todo tipo, desde la literatura y las lenguas diversas, el mito, el teatro y la danza, hasta los repertorios de la cocina y de la alta costura, de los juegos de mesa y el deporte.

La comedia y la tragedia, el humor, la sátira, la piedad, la introspección/ revelación líricas, son estaciones por las que nos lleva un viaje fascinante y conmovedor, pensado como una composición musical, con un “Andante”, un “Adagio” y un “Largo”. Tiempos y ritmos que modulan el viaje de la vida, en todas sus intensidades, y que vamos recorriendo de la mano que nos entrega, con el libro que leemos, una “genealogía de la soledad”: “estas palabras crean a otra que es padre y madre e hija, tras haber enterrado a sus muertos en una hoja de papel.”

                                                                                                 María Rosa Lojo

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