“Un mundo se ha perdido en el olvido y solo mis
palabras lo pueden revivir”, se dice (¡y cómo
se cumple!) en Memoria en La Menor.
En efecto, un mundo entero, un clan familiar, un ecosistema de puertas
abiertas, bulle animado, coral y multicolor, en el departamento enorme de la
infancia, que será, para la voz madura de la narradora, la imagen de su cielo,
“si es que el cielo existe”. Es la voz de “la menor”: la hija, la nieta, la
sobrina menor, la que se sentirá siempre
disminuida (o incluso excluida) en el afecto de Malú, la madre, (casi)
todopoderosa deidad de ese mundo. Pero Micky, la niña que ha crecido y que lo
ha perdido, se devuelve y nos devuelve su planeta caleidoscópico en una
literatura mayor, desde los más variados tonos y registros. Una inolvidable
galería de personajes protagónicos (los padres y la hermana Clarita) y
secundarios (los abuelos, las tías, con Fina, modista y lectora, a la cabeza,
las amistades, las empleadas), se teje en el vasto y apretado tapiz que
entrelaza sus dibujos con hilos textiles y textuales de todo tipo, desde la
literatura y las lenguas diversas, el mito, el teatro y la danza, hasta los
repertorios de la cocina y de la alta costura, de los juegos de mesa y el
deporte.
La comedia y la tragedia, el humor, la sátira, la
piedad, la introspección/ revelación líricas, son estaciones por las que nos
lleva un viaje fascinante y conmovedor, pensado como una composición musical,
con un “Andante”, un “Adagio” y un “Largo”. Tiempos y ritmos que modulan el
viaje de la vida, en todas sus intensidades, y que vamos recorriendo de la mano
que nos entrega, con el libro que leemos, una “genealogía de la soledad”:
“estas palabras crean a otra que es padre y madre e hija, tras haber enterrado
a sus muertos en una hoja de papel.”
María
Rosa Lojo

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