“Un mundo se ha perdido en el olvido y solo mis palabras lo pueden revivir”, se dice (¡y cómo se cumple!) en Memoria en La Menor . En efecto, un mundo entero, un clan familiar, un ecosistema de puertas abiertas, bulle animado, coral y multicolor, en el departamento enorme de la infancia, que será, para la voz madura de la narradora, la imagen de su cielo, “si es que el cielo existe”. Es la voz de “la menor”: la hija, la nieta, la sobrina menor, la que se sentirá siempre disminuida (o incluso excluida) en el afecto de Malú, la madre, (casi) todopoderosa deidad de ese mundo. Pero Micky, la niña que ha crecido y que lo ha perdido, se devuelve y nos devuelve su planeta caleidoscópico en una literatura mayor, desde los más variados tonos y registros. Una inolvidable galería de personajes protagónicos (los padres y la hermana Clarita) y secundarios (los abuelos, las tías, con Fina, modista y lectora, a la cabeza, las amistades, las empleadas), se teje en el vasto y apreta...
Cualquier cosa, pero que no falten los libros