Cuando veo en películas o series la forma en que directores y actores escenifican a los críticos literarios, a los poetas hablando sobre poesía, a profesores de letras presentando libros, suelo sentirme bastante estúpida. Quizá se deba a que la línea que divide la formación de conceptos útiles y bellos de aquellos rebuscados que no dicen mucho, es muy fina. Las obras que realmente merecen respeto profundo suelen generar, en primera instancia, silencio, reflexión, no calzando con justeza en pensamientos prepensados. Desde otro punto de vista, y por experiencia, sé que gran parte de los críticos no aceptan reseñar un libro si es para hablar mal. Y, en el caso de que lo hicieran, es el editor quien cumple con la tarea de quitar de en medio la oscura reseña. El problema de estas conductas políticamente correctas es que obligan al lector a realizar una traducción a otra escala de los contenidos: si dice bueno debe ser porque no es tan malo como para que se le ni...
Cualquier cosa, pero que no falten los libros