Yo quisiera tomar un poema de Auli, uno solo, y hacer lo que hizo Fabián Casas con Rosebud: despertar a quienes no sabemos leer poesía -o la leemos a los ponchazos- con un cariñoso coquito en la cabeza mientras dice: che, presten atención acá.
Yo quisiera tener la capacidad de tomar un solo verso de Auli, y escribir algo que invite a leerlo, a leer toda su poesía. Por partes, ordenada, o desordenada, da igual.
La cosa es que anoche me dormí con el último verso del último libro de Jorge Aulicino en la mente (el libro se llama La lírica y, en realidad, es un dueto: El Capital - La lírica, escritos en 2010 y 2020 respectivamente, editados por Barnacle). Por supuesto, repetí el verso final en mis sueños, escribí un ensayo en mis sueños, y realicé una exégesis profunda del poema. Pero, por la mañana, descubrí que solo había logrado destrozar el verso de Auli.
En mis sueños repetía:
Dios: esa silla en la ventana.
En el poema, sin embargo, dice:
Dios: una silla sola en la vereda.
Descubro con horror que mi mente hereje ha malversado la palabra. Ha convertido a ese Dios -que en el poema es un objeto aislado, quizá abandonado, a la intemperie, sin resguardo, pero potencialmente útil- en un espectador impotente, viejo y cansado, que me recuerda a mi abuela Emilia. Mi abuela era una mujer enojada con la vida, que se pasaba las tardes enteras criticando el ir y venir de la gente, con su rencor impotente y su accionar práctico inhibido.
El poema de mis sueños de anoche se titula Plegaria, y me dice que caemos todos en la volteada: el universo de voces que dicen sin parar yo pero no / encuentran ecos en sí mismos ni en nada ni en nadie.
El poema de mis sueños de anoche se titula Plegaria, y me dice que, aunque no esté de moda, no estaría mal, una plegaria: resonaría mejor la voz que se dirige a dios, exista o no. Digo, quizá dice el poema, mejor eso que hablar de gusto, que subir injurias a las redes dirigidas a otros seres tan impotentes como nosotros, que quejarnos por el desvío infausto de premios y homenajes, o la dieta omnívora del capitalismo o el apéndice cecal atrofiado de otros ismos.
Según el poema, el mundo es un hueco que cada quien puebla como quiere, con estrellas, eucaliptus, clase obrera, lo que sea. Al que no estaría mal plantarle un poco poesía, ¿por qué no? Y si es de Auli, tanto mejor.

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