Las Artes Marciales merecen un lugar en la escena del pensamiento. Merecen que pensadores serios dediquen su atención y trabajo a la profundización, a la comprensión, a la discusión tenaz y lógica sobre los modos en que éstas artes se desarrollan, se divulgan, se enseñan, y comprenden.
Más allá de los mitos, de las imágenes que la pantalla brindan, de las fantasías contenidas en ellas, estos tres volúmenes de El Ripio Camino de las Artes Marciales se abalanzan de lleno sobre todo lo pensado, dicho y comprendido hasta el momento en la materia.
Valga un pequeño fragmento inicial del Tomo II.
No existen artes marciales milenarias
En Occidente se conserva el vicio de ver a todo
aquello que viene de Oriente como antiguo, tradicional, milenario, profundo, esotérico,
místico-filosófico. Se suponen ciertas las imágenes que nos dejan ver sin
interrogar, sin preguntar, y se interpretan desde los lentes occidentales,
otorgándoles significaciones propias, creyéndolas sin más, porque sí[1].
Pero no. Luchar, lo que es luchar, el
hombre lucha desde siempre, la célula se defiende, la bacteria forma batallones
y coloniza, los virus invaden y utilizan. Sin embargo, las estructuras
sistematizadas entre las cuales se agrupan las artes marciales actuales
son construcciones propias de la modernidad. Producto
de la influencia occidental, napoleónica, cartesiana, fordista, científica.
[1] “A cualquier cosa que venga de Japón, o de Asia Oriental en
general, en occidente casi de forma automática se le presupone un carácter
antiguo y tradicional, usando rápidamente el adjetivo milenario al hablar de
ello. Y además de ser muy antiguo, todo es también muy profundo, filosófico y
místico, imbuido de un espíritu en el que se mezclan extrañas religiones y
mitologías -milenarias, obviamente- con valores como el honor, el deber y la
lealtad, que quizá debieran ser universales, pero que, por poco comunes, suenan
exóticos”

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