un horizonte iluvial o aún más profundo,
su enojo e impotencia no eran por mi causa.
Pensaba en la juventud, fuerza de piñones, cadenas,
en su costumbre de avanzar, avanzar,
y abandonar las cosas que fueron
por las que son, y cuidar con celo
de mí, de nosotros.
Pero la furia dominó en la formación,
Ialdabaot, por el padre, por la vida,
y en su mano de costurera
un golpe, un chasquido de plástico calibrado
y punta metálica, cayó en uno de mis ojos.
El acto fuera de sus cálculos
y mis manos en el ojo,
guardado en el párpado, y en mi frente
que guardaba el ojo,
quiso limpiar el pecado, la culpa,
pero quieta sobre lo blanco en el consultorio
mentí acerca de la causa:
la causa última de todas las cosas
se encuentra más allá de mi madre.
“Trás la primera lectura de La única cosa necesaria caí en una especie de letargo profundo: me dormí, literalmente. Nada parecido al aburrimiento, por cierto, sino una especie de depresión inducida por la tenebrosa región que la poeta explora en las páginas de su libro: el revés de la trama del amor, la rivalidad, el odio, la mentira”. Ricardo H. Herrera, para Hablar de Poesía.
“Además de los cuatro evangelios denominados canónicos (Mateo, Lucas, Marcos y Juan), existe una cantidad de escritos sobre la vida y tiempos de Cristo que se conocen con el nombre genérico de evangelios apócrifos. Fragmentos de unos y otros forman en este poemario de Marina Serrano un sistema de epígrafes continuo puesto en interlocución con los versos que, como inspiración o rebelión, parecen fuerzas desencadenantes de cada uno de los poemas alimentados por la cita que los inicia, y que sirve a conformar una unidad lírica”, Susana Cella, para Pagina 12.

Comentarios
Publicar un comentario