Ir al contenido principal

La Reducción del Retrato al puro rasgo de la Felicidad



Gran parte de las obras aquí presentadas corresponden al periodo luminoso de Gómez Beret. Un espacio temporal en donde el artista lleva su pintura, y el retrato en particular, a despojarse de toda  ostentación, realismo e incluso voluntad de abstracción. Como obras nacidas durante su tercera década de vida, etapa en donde el artista vivía dedicado a la ayuda social y a la búsqueda personal, son trabajos que trascienden el ejercicio inicial de la pintura, la formación tutelada, las experiencias imitativas con materiales, métodos y escuelas. Cada persona, cada evento, que Gómez Beret cruzaba en su camino -y su camino no se limitaba a un círculo citadino particular, sino que lo mismo atravesaba India, Villa Fiorito o Puerto Limón de Costa Rica- era una oportunidad para descubrir la verdadera forma, el interior despojado, para encontrar la belleza de las cosas. Recurriendo al uso del color vivo, casi como medio útil para despertar la ingenuidad infantil, recurriendo al pincel repleto de material, reduce el fondo, reduce el vestuario, llegando en ocasiones a lograr la transmutación de la persona individual en un adjetivo particular. El yo individual y social parece dejar de existir como complejo y se destaca la simplicidad de una mirada, de un contorno. Este fenómeno toma relevancia capital en la obra Sorprendidos en el beso, retrato compartido en la cual -sorprendentemente- faltan bocas y narices. Faltan los elementos centrales de la acción, se encuentran ausentes todo tipo de signos que puedan llegar a connotar los sexos, en tanto genitales y caracteres secundarios masculinos o femeninos. Todo es color, contorno y ojos.


Extraído del libro: Juan Manuel Gómez Beret. Retratos, Carbonillas y Obras Selectas. 2022

Disponible en Amazon.com

https://amzn.eu/d/aqnxc1x



Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Cómo podría yo hablar de La Función de la Marea?

  Cuando veo en películas o series la forma en que directores y actores escenifican a los críticos literarios, a los poetas hablando sobre poesía, a profesores de letras presentando libros, suelo sentirme bastante estúpida.  Quizá se deba a que la línea que divide la formación de conceptos útiles y bellos de aquellos rebuscados que no dicen mucho, es muy fina. Las obras que realmente merecen respeto profundo suelen generar, en primera instancia, silencio, reflexión, no calzando con justeza en pensamientos prepensados. Desde otro punto de vista, y por experiencia, sé que gran parte de los críticos no aceptan reseñar un libro si es para hablar mal. Y, en el caso de que lo hicieran, es el editor quien cumple con la tarea de quitar de en medio la  oscura reseña.  El problema de estas conductas políticamente correctas es que obligan al lector a realizar una traducción a otra escala de los contenidos: si dice bueno debe ser porque no es tan malo como para que se le ni...

Un pretexto para leer a Solinas

Sí, siempre hay un pre-texto para leer a Enrique Solinas . Hoy es El pozo y la cima,  mañana vaya a saber qué será.  Me gusta Solinas porque es pulcro. En sus hábitos y en su poesía. Puede que, dicho así, no parezca gran cosa (algunos adjetivos tienen la costumbre de perder amplitud de sentido, especialmente cuando han sido raptados por sujetos poco reflexivos) pero la pulcritud es una gran virtud. Pulcro es lo aseado, lo bello,  lo esmerado en el hacer y el hablar, y en esa búsqueda Enrique Solinas acostumbra deshacerse del sobrante, de lo que podría ensuciar, deslucir, oscurecer.  Con respecto a este libro, hay reseñas varias y buenas por todos lados  llamando a la tentación, así que, sin más, dejen que  el pretexto  se convierta en una conducta concreta, y lean el libro.  El Pozo y la cima, de Enrique Solinas. Valencia, Pre-textos, 2022.

Dios: una silla sola en la vereda

Yo quisiera tomar un poema de Auli, uno solo, y hacer lo que hizo Fabián Casas con Rosebud :  despertar a quienes no sabemos leer poesía -o la leemos a los ponchazos- con un cariñoso coquito en la cabeza mientras dice: che, presten atención acá . Yo quisiera tener la capacidad de tomar un solo verso de Auli, y escribir algo que invite a leerlo, a leer toda su poesía. Por partes, ordenada, o desordenada, da igual. La cosa es que anoche me dormí con el último verso del último libro de Jorge Aulicino en la mente (el libro se llama  La lírica   y, en realidad, es un dueto:  El Capital - La lírica , escritos en 2010 y 2020 respectivamente, editados por Barnacle). Por supuesto, repetí el verso final en mis sueños, escribí un ensayo en mis sueños, y realicé una exégesis profunda del poema. Pero, por la mañana, descubrí que solo había logrado destrozar el verso de Auli.  En mis sueños repetía:  Dios: esa silla en la ventana.  En el poema, sin embargo, dice:...