Ir al contenido principal

A bailar con la más fea


Desde hace apenas unos días, y varios después de haber sido premiada en el Concurso Luis Tejeda, La Mujer más Fea del Mundo ve la luz. No es que haya sido escondida por fea, sino por pereza nomás. O porque nadie se atrevía a una novela divertida pero, algo grosera, lésbica, protagonizada por una muchacha bastante despreciable... Bueno, nadie se atrevía. Hasta ahora. Mi recomendación es no dejarse llevar por juicios y prejuicios, por la pereza, por las ofertas de televentas y las firmas de autógrafos en la feria del libro, y llegar hasta el final que, a fin de cuentas, es lo que parece que todos buscamos. 

Para muestra, print de pantalla de la versión Kindle de Amazon:


I   

Estiró los dedos de una forma rara. Mano apostólica diría un neurólogo –índice y medio extendidos, anular y meñique flexionados, pulgar por encima sosteniendo la curvatura–. Su mentón se desviaba ligeramente a la izquierda mientras los dedos en esa extraña terminación, con aparente voluntad propia, rascaban su mandíbula. Podía también parecer una mano patológica, una mano predicadora, indicante o pseudo-peronista, aunque, a ojo de buen cubero, era lisa y llanamente una simple mano preparada para algún propósito particular e íntimo. Llevaba unos zapatos rojos, brillantes, acordonados y cerrados hasta los tobillos, terminados en una punta delicadamente tallada por numerosos y ordenados agujeros ínfimos de alfiler, como el zapato de un varón que baila tango. Pensé, al instante, que eran definitivamente horribles, y desubicados para el contexto en que se encontraban: las clases universitarias de nivel avanzado son asuntos que merecen el mayor de los respetos y no el menor de los zapatos. Me resultaba absolutamente imposible hacerme una idea acabada sobre el perfil de alguien que quisiera, por voluntad propia, llevarlos puestos, pero, ya lo dijo mi abuela, en el mundo hay tantas cosas como gustos. Cuando mis hermanas y yo éramos chicas, y protestábamos porque algo no nos gustaba, mi abuela se ponía a gritar como una loca: “Yo les regalaría un gusto” (también solía gritar: “yo les metería una piedra en la argolla”, pero esa frase la reservaba para otras ocasiones)...

Extracto del primer capítulo de La Mujer Más Fea del Mundo, Marina Serrano, 2022.



Comentarios

Entradas más populares de este blog

¿Cómo podría yo hablar de La Función de la Marea?

  Cuando veo en películas o series la forma en que directores y actores escenifican a los críticos literarios, a los poetas hablando sobre poesía, a profesores de letras presentando libros, suelo sentirme bastante estúpida.  Quizá se deba a que la línea que divide la formación de conceptos útiles y bellos de aquellos rebuscados que no dicen mucho, es muy fina. Las obras que realmente merecen respeto profundo suelen generar, en primera instancia, silencio, reflexión, no calzando con justeza en pensamientos prepensados. Desde otro punto de vista, y por experiencia, sé que gran parte de los críticos no aceptan reseñar un libro si es para hablar mal. Y, en el caso de que lo hicieran, es el editor quien cumple con la tarea de quitar de en medio la  oscura reseña.  El problema de estas conductas políticamente correctas es que obligan al lector a realizar una traducción a otra escala de los contenidos: si dice bueno debe ser porque no es tan malo como para que se le ni...

Un pretexto para leer a Solinas

Sí, siempre hay un pre-texto para leer a Enrique Solinas . Hoy es El pozo y la cima,  mañana vaya a saber qué será.  Me gusta Solinas porque es pulcro. En sus hábitos y en su poesía. Puede que, dicho así, no parezca gran cosa (algunos adjetivos tienen la costumbre de perder amplitud de sentido, especialmente cuando han sido raptados por sujetos poco reflexivos) pero la pulcritud es una gran virtud. Pulcro es lo aseado, lo bello,  lo esmerado en el hacer y el hablar, y en esa búsqueda Enrique Solinas acostumbra deshacerse del sobrante, de lo que podría ensuciar, deslucir, oscurecer.  Con respecto a este libro, hay reseñas varias y buenas por todos lados  llamando a la tentación, así que, sin más, dejen que  el pretexto  se convierta en una conducta concreta, y lean el libro.  El Pozo y la cima, de Enrique Solinas. Valencia, Pre-textos, 2022.

Dios: una silla sola en la vereda

Yo quisiera tomar un poema de Auli, uno solo, y hacer lo que hizo Fabián Casas con Rosebud :  despertar a quienes no sabemos leer poesía -o la leemos a los ponchazos- con un cariñoso coquito en la cabeza mientras dice: che, presten atención acá . Yo quisiera tener la capacidad de tomar un solo verso de Auli, y escribir algo que invite a leerlo, a leer toda su poesía. Por partes, ordenada, o desordenada, da igual. La cosa es que anoche me dormí con el último verso del último libro de Jorge Aulicino en la mente (el libro se llama  La lírica   y, en realidad, es un dueto:  El Capital - La lírica , escritos en 2010 y 2020 respectivamente, editados por Barnacle). Por supuesto, repetí el verso final en mis sueños, escribí un ensayo en mis sueños, y realicé una exégesis profunda del poema. Pero, por la mañana, descubrí que solo había logrado destrozar el verso de Auli.  En mis sueños repetía:  Dios: esa silla en la ventana.  En el poema, sin embargo, dice:...